lunes, 27 de febrero de 2017

Carta de Monseñor Ñáñez para la Cuaresma: Animarse a vivir el primer amor de Jesús

El Miércoles 1 de marzo comienza la Cuaresma, un tiempo de gracia, un tiempo “fuerte” del año litúrgico” que nos invita a redescubrir el amor de Jesús, y animarnos a vivir una primera experiencia de amor de Jesús si aún no la tuvimos. Así lo destacó Monseñor Carlos Ñáñez Arzobispo de Córdoba en una carta que escribió a todas las comunidades con ocasión de la Cuaresma y en el marco de la realización del próximo Sínodo en Córdoba.

Queridos hermanos y hermanas:

Les hago llegar mi saludo cordial a todas las comunidades que conforman nuestra Arquidiócesis y a cada uno de sus integrantes. ¡Que el Señor los bendiga con abundancia!

El motivo de esta carta es la cercanía de la cuaresma que comenzaremos, Dios mediante, el próximo 1° de marzo, miércoles de ceniza. Quiero invitarlos a vivir con intensidad este tiempo “fuerte” del año litúrgico.

La cuaresma nos prepara para celebrar la Pascua de Jesús, es decir, su triunfo sobre el pecado y la muerte, y sobre todo para festejar con mucha alegría su resurrección. Al mismo tiempo, la cuaresma nos dispone para renovar la gracia de nuestro bautismo, por el que fuimos injertados en la Pascua de Jesús. Nos lo recuerda el apóstol san Pablo: “¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva” (Rom 6, 4).

Una de las propuestas para la cuaresma es la de leer con especial atención, con frecuencia y en clave de oración la Palabra de Dios, especialmente el santo Evangelio. El Papa Francisco, en su mensaje para toda la Iglesia, nos recuerda esta propuesta y ha elegido para meditar en esta ocasión la parábola del rico que banqueteaba y del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 19-31).

Nosotros, por nuestra parte, elegimos un texto del libro del Apocalipsis, la carta a la Iglesia de Éfeso (Apoc 2, 1-7). Un breve comentario puede ayudarnos a desentrañar su riqueza y motivarnos para vivir con profundidad nuestra cuaresma.

Conviene comenzar casi por el final. Nos dice el texto: “El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (v. 7). Debemos estar atentos a lo que el Espíritu y el Señor Jesús quieren decirnos  en esta cuaresma a la Iglesia que está en Córdoba. Se nos invita, por tanto, a una escucha atenta, confiada, cariñosa, a una lectura orante de la Palabra de Dios.

El Señor Jesús reconoce y alaba las muchas obras de la comunidad eclesial de Éfeso, su esfuerzo paciente y constante, su fidelidad, a veces heroica, en medio de dificultades (cf. vv. 2-3).

Sin negar nada de lo anterior, sin embargo, le hace un reproche delicado y que seguramente debía tocar muy hondamente el corazón de esa comunidad: “has dejado enfriar el amor que tenías al comienzo”. Quizás el Señor alude a una relación que se ha vuelto rutinaria, pendiente sólo de “prácticas piadosas”, pero que ha descuidado la frecuencia y la calidez de un diálogo con Él desde el corazón.

Descuidando el diálogo con Jesús, ha descuidado seguramente la atención a los hermanos. El mensaje del Santo Padre es elocuente en este sentido, el descuido del don de la Palabra, lleva al descuido del don del hermano. La oración, el ayuno y la limosna, obras privilegiadas de la cuaresma, deben impulsarnos y ayudarnos a cuidar a nuestros hermanos y a compartir con ellos nuestros bienes.

De todas maneras, el horizonte de la carta no es de desesperanza. Al contrario, hay en ella una invitación apremiante, cariñosa y esperanzadora: “conviértete” (v. 5). Es también la palabra que escucharemos el miércoles cuando se nos impongan las cenizas en nuestra frente: “conviértete y cree en el Evangelio”.

La conversión, el cambio interior, lo propio de la cuaresma, es ante todo obra del Espíritu Santo en nosotros y demanda en cada uno un proceso que con el auxilio de la gracia del mismo Espíritu debemos llevar adelante a lo largo de todo ese tiempo para vivir transformados interiormente la alegría de la Pascua, y así renovar consciente y libremente los compromisos de nuestro bautismo.

El Señor le propone además a la Iglesia de Éfeso, y en ella a nosotros, un desafío alentador: “observa tu conducta anterior” (v. 5), es decir vuelve como antes. Es decir, siempre se puede empezar de nuevo, cualquiera que hayan sido nuestros fracasos, nuestros yerros, nuestros pecados…

Como Iglesia que está en Córdoba y que se encamina a la realización de un nuevo Sínodo, estamos invitados a redescubrir el amor del principio que tal vez se ha entibiado en nosotros o incluso estamos invitados a hacer una primera experiencia del amor de Jesús, a dejarnos fascinar por Él, para sentirnos motivados a responderle a nuestra vez, a vivir de ese amor “que hace nueva todas las cosas” (cf. Apoc 21, 5), que siempre nos sorprende y que debe ser el eje y el motor de toda nuestra vida de discípulos misioneros de Jesús.

La recompensa de ser fieles a este empeño es la de recibir como don precioso la vida verdadera, ya desde aquí, y luego, esa misma vida en plenitud, más allá de nuestra peregrinación terrena: “al vencedor, le daré de comer del árbol de la vida, que se encuentra en el Paraíso de Dios” (v. 7)

El Santo Cura Brochero invitaba a sus feligreses a los ejercicios espirituales en la convicción de que eran una ocasión privilegiada para vivir el encuentro con Jesús, con su amor misericordioso y salvador y para decidirse a corresponderlo de manera confiada, agradecida y fiel.

La cuaresma son los ejercicios espirituales de toda la Iglesia. Pidamos por intercesión de San José Gabriel del Rosario y de “su” Purísima la gracia de vivir con intensidad y compromiso esta cuaresma, de descubrir o redescubrir el amor salvador de Jesús y vivir el amor “del principio” o volver a ese amor primero.

Augurándoles un tiempo de mucha gracia, me es grato saludarlos con cariño y asegurarles mi recuerdo en la oración, encomendándome a la de todos ustedes.

Córdoba, 26 de febrero de 2017

+ Monseñor Carlos José Ñáñez
Arzobispo de Córdoba

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