jueves, 25 de agosto de 2011

25 de Agosto: Beata María del Tránsito Cabanillas

La Beata María del Tránsito de Jesús Sacramentado, que nació y murió en la provincia de Córdoba, es la primera mujer argentina que alcanza el honor de los altares. «La llama que ardía en su corazón llevó a María del Tránsito a buscar la intimidad con Cristo en la vida contemplativa. Y no se apagó cuando por enfermedad tuvo que abandonar los monasterios en que estuvo, sino que continuó en forma de confianza y abandono en la voluntad de Dios, que siguió buscando incesantemente. El ideal franciscano se manifestó entonces como el verdadero camino que Dios quería para ella y, con la ayuda de sabios directores, emprendió una vida de pobreza, humildad, paciencia y caridad, dando vida a una nueva familia religiosa» (Juan Pablo II).

María del Tránsito Eugenia de los Dolores, nombre que le pusieron en el bautismo, nació el día 15 de agosto de 1821 en la estancia de Santa Leocadia, actual Carlos Paz (Córdoba, Argentina). Su padre, Felipe Cabanillas Toranzo, descendía de una familia de Valencia (España), que emigró a Argentina durante la segunda mitad del siglo XVII y que logró reunir una cierta fortuna económica en su nuevo ambiente, pero que se distinguió sobre todo por su profunda religiosidad cristiana.

En 1816, el señor Felipe Cabanillas se unió en matrimonio con la joven Francisca Antonia Luján Sánchez, de la que tuvo once hijos. Tres fallecieron prematuramente, cuatro contrajeron matrimonio y los otros cuatro se consagraron a Dios: uno como sacerdote secular y tres como religiosas en diversos institutos, continuando así una larga y gloriosa tradición familiar.

La beata María del Tránsito fue la tercera nacida de la familia. Bautizada por D. Mariano Aguilar el día 10 de enero de 1822 en la capilla de San Roque, le impusieron los nombres de Tránsito, es decir, María del Tránsito o María Asunción, y de Eugenia de los Dolores. Recibió el sacramento de la confirmación con cierto retraso, el día 4 de abril de 1836, dada la lejanía del centro diocesano.

Tras la primera educación familiar, María del Tránsito fue enviada a Córdoba, ciudad de nobles tradiciones culturales, con su famosa universidad del siglo XVII, fundada por el obispo franciscano Fernando Trejo y Sanabria, y los colegios de Santa Catalina (1613) y de Santa Teresa (1628). Desde 1840, al mismo tiempo que proseguía sus estudios, cuidaba de su hermano menor, que estaba preparándose para el sacerdocio en el seminario de Nuestra Señora de Loreto de la citada ciudad de Córdoba.

En 1850, tras la muerte de su padre, D. Felipe Cabanillas, la familia entera se trasladó definitivamente a Córdoba, por lo que María del Tránsito se estableció con su madre, su hermano -ordenado sacerdote en 1853-, sus hermanas y cinco primas huérfanas, en una casita situada cerca de la iglesia de San Roque.

María del Tránsito se distinguió por su piedad, sobre todo hacia la Eucaristía; llevó a cabo una intensa actividad como catequista e hizo muchas obras de misericordia, visitando frecuentemente a los pobres y a los enfermos en compañía de su prima Rosario.

Después del fallecimiento de su madre, acaecido el 13 de abril de 1858, María del Tránsito ingresó en la Tercera Orden Franciscana e intensificó su vida de oración y de penitencia, dirigida espiritualmente por el padre Buenaventura Rizo Patrón, franciscano, que sería ordenado obispo de Salta en 1862. Pero ella anhelaba consagrarse totalmente a Dios. Por eso, en 1859, con ocasión de su profesión en la Tercera Orden de San Francisco, emitió el voto de virginidad perpetua y le surgió la idea de fundar un Instituto para la instrucción cristiana de la infancia pobre y abandonada.

En 1871 entró en contacto con la Sra. Isidora Ponce de León, que se interesaba vivamente por la erección de un monasterio de carmelitas en Buenos Aires. Al año siguiente, María del Tránsito la siguió hasta Buenos Aires e ingresó en el monasterio el 19 de marzo de 1873, el mismo día en que se inauguró. Pero su compromiso ascético resultó superior a sus fuerzas físicas, cayó enferma y, por razones de salud, tuvo que abandonar la clausura en abril de 1874. En septiembre de aquel mismo año, creyéndose suficientemente recuperada, ingresó en el convento de las religiosas de la Visitación de Montevideo, pero también allí cayó enferma pocos meses después.

Aceptó todo con admirable resignación, abandonándose cada vez con más confianza en las manos de la Divina Providencia. Al mismo tiempo, volvió a pensar en una fundación educativa y asistencial al servicio de la infancia. Varios franciscanos la alentaron a ello y D. Agustín Garzón le ofreció una casa y su colaboración, al tiempo que la puso en contacto con el P. Ciríaco Porreca, OFM, de Río Cuarto.

El 8 de diciembre de 1878, obtenida la aprobación eclesiástica de su proyecto de fundación y de las constituciones, y después de unos ejercicios espirituales predicados por el P. Porreca, María del Tránsito Cabanillas, en compañía de sus dos compañeras, Teresa Fronteras y Brígida Moyano, dio inicio a la Congregación de las Hermanas Terciarias Misioneras Franciscanas de la Argentina. A petición de la fundadora, el P. Porreca, franciscano, fue nombrado director del Instituto.

El 2 de febrero de 1879 María del Tránsito y sus dos primeras compañeras emitieron la profesión religiosa, y el día 27 de aquel mismo mes y año escribieron al P. Bernardino de Portogruaro, Ministro general de la Orden de Frailes Menores, solicitándole la agregación de su Instituto a la Orden Franciscana. El P. Bernardino de Portogruaro les respondió afirmativamente el 28 de enero de 1880.

La nueva Congregación tuvo inmediatamente una gran floración de vocaciones, de manera que todavía en vida de la fundadora se inauguraron el colegio de Santa Margarita de Cortona en San Vicente, el del Carmen en Río Cuarto, y el de la Inmaculada Concepción en Villa Nueva.

La beata María del Tránsito guiaba el floreciente Instituto con admirable sabiduría y prudencia, pero sus fuerzas físicas iban cediendo gradualmente a las fatigas de cada día y a los rigores ascéticos. El 25 de agosto de 1885, en San Vicente de Córdoba (Argentina), murió santamente, como había vivido durante toda su vida, dejando en herencia heroicos ejemplos de humildad y de caridad, sobre todo al servicio de la infancia, de los pobres, de los enfermos y de sus hermanas.

Entre sus virtudes deben subrayarse sobre todo la prudencia, la paciencia, la fortaleza de ánimo para afrontar las múltiples pruebas de la vida, su asidua actividad enseñando el catecismo y atendiendo a la infancia abandonada, su amor a la pureza y la confianza en la Divina Providencia, que le respondía con frecuencia con signos sorprendentes.

Como fundadora, supo infundir en sus hijas el espíritu sobrenatural, la generosidad, el amor a la infancia, el espíritu de penitencia y de mortificación.

Su Santidad Juan Pablo II la beatificó el 14 de abril del 2002, y estableció que su fiesta se celebre el 25 de agosto.

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