martes, 11 de septiembre de 2012

Patrimonio de la Humanidad



El miércoles pasado hemos comenzado en el marco de una cátedra abierta de la Universidad Católica de Córdoba, un seminario interreligioso sobre los derechos humanos a la luz de las diversas tradiciones religiosas. Me permitió compartir una convicción arraigada en estos años de vida eclesial: “Cuando la promoción de la dignidad de la persona es el principio conductor que nos inspira, cuando la búsqueda del bien común es el compromiso predominante, entonces es cuando se ponen fundamentos sólidos y duraderos a la edificación de la paz. Por el contrario, si se ignoran o desprecian los derechos humanos, o la búsqueda de intereses particulares prevalece injustamente sobre el bien común, se siembran inevitablemente los gérmenes de la inestabilidad, la rebelión y la violencia”.

La dignidad de la persona humana es un valor trascendente, reconocido siempre como tal por cuantos buscan la verdad. En realidad, la historia entera de la humanidad se debe interpretar a la luz de esta convicción.

Toda persona, creada a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1, 26-28), y por tanto radicalmente orientada a su Creador, está en realización constante con los que tienen su misma dignidad. Por eso, allí donde los derechos y deberes se corresponden y refuerzan mutuamente, la promoción del bien del individuo se armoniza con el servicio al bien común.

Como nos enseñaron los últimos pontífices, cabe recordar que es peligroso el olvido de la verdad sobre la persona humana. Sin mucho esfuerzo se pueden ver los frutos de ideologías como el marxismo, el nazismo y el fascismo, así como también los mitos de la superioridad racial, del nacionalismo y del particularismo étnico.

No menos perniciosos son los efectos del consumismo materialista, en el cual la exaltación del individuo y la satisfacción egocéntrica de las aspiraciones personales se convierten en el objetivo de la vida. El individualismo egoísta hace pensar que las repercusiones negativas sobre los demás son consideradas del todo irrelevantes.

Es preciso reafirmar que ninguna ofensa a la dignidad humana puede ser ignorada, cualquiera que sea su origen, su modalidad o el lugar en que sucede.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos es muy clara: reconoce los derechos que proclama, no los otorga. En efecto, estos son inherentes a la persona humana y a su dignidad. De aquí se desprende que nadie puede privar legítimamente de estos derechos a uno solo de sus semejantes, sea quien sea, porque sería ir contra su propia naturaleza. Todos los seres humanos, sin excepción, son iguales en dignidad.

Juan Pablo II se preguntaba años atrás: ¿cómo podría existir la guerra, si cada derecho humano fuera respetado? El respeto integral de los derechos humanos es el camino más seguro para estrechar relaciones sólidas entre los Estados.

La cultura de los derechos humanos no puede ser sino cultura de paz. Toda violación de estos contiene en sí el germen de un posible conflicto.

Para promover una cultura de derechos humanos que repercuta en las conciencias, es necesaria la colaboración de todas las fuerzas sociales.

Con este seminario, el Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz) ofrece cada miércoles un espacio para reconocer cauces de trabajo por la paz desde las distintas tradiciones religiosas e invita a que nos comprometamos por el respeto a la dignidad humana y por el derecho a la paz como verdaderos patrimonios de la humanidad.

Pbro. Pedro J. Torres

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