miércoles, 3 de febrero de 2016

Mensaje de Cuaresma del Arzobispo de Córdoba

El próximo 10 de febrero, miércoles de ceniza, comenzaremos la Cuaresma. Como sabemos, se trata de un tiempo de gracia, es decir, un tiempo en donde la iniciativa amorosa de Dios llega hasta nosotros de un modo especialmente rico y que interpela fuertemente nuestra libertad.

El Papa Francisco nos invita a vivir con especial intensidad esta Cuaresma dado que estamos transitando el “Jubileo Extraordinario de la Misericordia” convocado por él. La misericordia no es sino el amor de Dios que se abre compasivo y generoso a nuestra fragilidad.

El mensaje del Santo Padre hace mención de un texto evangélico que ha marcado su experiencia espiritual. Es el de la vocación del apóstol san Mateo: Mt. 9, 9-13. Un notable comentarista de dicho texto señaló que el Señor Jesús: “lo miró con misericordia y lo eligió (a san Mateo)”. El santo Padre eligió ese comentario como su lema episcopal, que lo acompaña también hoy como sucesor de Pedro.

Providencialmente, el texto elegido por el Papa y propuesto en su mensaje cuaresmal es el mismo que luego del discernimiento llevado a cabo en el consejo presbiteral, en el consejo pastoral arquidiocesano y en el consejo episcopal, hemos elegido para que anime el itinerario de nuestra Arquidiócesis durante el año 2016.

La escena evangélica nos muestra a un hombre sentado a la mesa de recaudación de impuestos, a un publicano. Los que pertenecían a ese grupo de personas tenían muy mala fama en Israel por su condición de “colaboracionistas” con el poder imperial que había sometido al pueblo elegido y porque en el desempeño de sus funciones eran más bien deshonestos y se aprovechaban del pueblo.

Jesús pasa junto a la mesa del publicano y lo mira. Mirándolo lo llama. Mateo deja lo que tiene entre manos, se levanta y sigue al Maestro. El llamado del Señor y la respuesta incondicional constituyen para el publicano un camino de purificación. Mateo “misericordiado” por el Señor, como le gusta decir al Papa, se convierte a su vez en instrumento de misericordia: invita a otros publicanos a comer a su casa junto a Jesús.

El gesto de compartir la mesa tiene un hondo significado para el Señor y para los publicanos. Señala que Jesús ha venido para todos, que todos lo necesitan, que Él no hace discriminaciones de ningún tipo y que compartiendo la mesa con los pecadores los está llamando e invitando a abrir el corazón para sanarlos. Lo que importa es el corazón del hombre y su apertura confiada a la misericordia Dios.

La escena evangélica nos está señalando un espíritu y un camino para vivir nuestra Cuaresma. También nosotros tenemos que dejarnos mirar por el Señor que pasa por nuestras vidas. Tenemos que dejarnos querer. Se trata de una experiencia fundamental y que no debemos suponer con facilidad. Es preciso abrir el corazón, aceptar el amor del Señor, “darle permiso” para que nos quiera. Él no desea otra cosa: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos…” (Apoc. 3, 20).

El amor del Señor está totalmente impregnado de misericordia.  Nosotros tenemos que reconocer nuestra fragilidad y dejarnos perdonar. El perdón del Señor procede de su amor, no es humillante, denigrante, al contrario es generoso, abundante y sobre todo dignificador.

Que hermoso si durante esta Cuaresma nos acercamos con estas disposiciones al sacramento de la reconciliación, si aprovechamos las celebraciones penitenciales para confesarnos y reconciliarnos con Dios y con nuestros hermanos.

Pero también nosotros, como Mateo, tenemos que convertirnos en instrumentos de misericordia. El Papa Francisco nos invita a conocer y a practicar las obras de misericordia, corporales y espirituales. El Catecismo de la Iglesia Católica puede ayudarnos a conocerlas y descubrir su importancia.

Entre las primeras, las corporales, en esta Cuaresma quizás podemos privilegiar el compartir un plato de comida con el que carece de ella; el visitar a los enfermos. También puede ser una oportunidad para ejercitarnos en algo más exigente: el visitar las cárceles. No es una tarea sencilla, pero tampoco imposible. Tenemos que animarnos y, en todo caso, y como parte de esa obra de misericordia podemos tratar de visitar a quienes tienen algún familiar detenido.

Entre las obras de misericordia espirituales podemos destacar el rezar por todos, por sus necesidades; el aconsejar a quien lo necesita; el consolar a quien está atribulado; el perdonar al que nos ha ofendido. El ofrecer el perdón es una obra muy exigente, pero verdadera muestra de un corazón reconciliado y que quiere ser instrumento de misericordia.

Recibamos agradecidos, queridos hermanos y hermanas, la gracia de la Cuaresma y el regalo de la misericordia del Señor. Esforcémonos por ser “agentes de misericordia” para abrirnos a la renovación que el Señor quiere hacer en cada uno de nosotros y en todo su pueblo. Es una oportunidad para recordar la hermosa promesa que Dios hace a través del profeta Ezequiel: “Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados… Les daré un corazón nuevo y podré en ustedes un espíritu nuevo… Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos… Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios” (cf. Ez 36, 24-28).

¡Les deseo una Cuaresma intensa para que podamos celebrar con un corazón verdaderamente nuevo la alegría de la Pascua! Me encomiendo a sus oraciones y los tengo presente en las mías. Reciban mi saludo cordial, en el Señor Jesús y su Madre Santísima.

+  Carlos  José  Ñáñez
Arzobispo de Córdoba

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