domingo, 10 de febrero de 2013

Carta Pastoral 2013

“Si conocieras el don de Dios…” 
(Jn 4,10)

Queridos hermanos y hermanas:

Con la presente Carta deseo recorrer junto a ustedes este año pastoral tan especial. En efecto, el marco que nos ofrece el Año de la Fe propuesto por el Santo Padre, la memoria gozosa del cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II y la publicación, hace 20 años, del Catecismo de la Iglesia, son una ocasión providencial para CONTEMPLAR con gratitud creyente la pascua de Dios, su “paso” salvífico por nuestra Iglesia que peregrina en Córdoba.

Quisiera invitarlos a reflexionar juntos en torno al  precioso diálogo de Jesús con la mujer samaritana (Jn 4,3-42). Este año, volveremos una y otra vez  a aquel “pozo de Jacob” para re-encantarnos en el Espíritu, simbolizado en el agua vivificante y relanzar nuestro camino pastoral. Lejos de una actitud pasiva, “contemplar” implicará mirar con el corazón nuestra vida, dejarnos fascinar por el Señor y redescubrir los rasgos del rostro de Iglesia que Dios nos ha mostrado e invitado a reflejar en nuestra comunidad eclesial cordobesa. Contemplar será dejarnos santificar por el Espíritu de Dios, que hace nuevas todas las cosas, para  llevarnos más allá de nosotros mismos y de nuestros intereses hacia el encuentro con  los demás.

1. En el mediodía de la vida: contemplar hoy nuestras necesidades

Hay momentos en los que sentimos vivamente las limitaciones de nuestra condición humana: el cansancio, el agobio suelen abrumarnos, y necesitamos  detenernos. ¿Quién de nosotros no ha experimentado alguna vez el peso de algunos días particularmente difíciles? ¿Cuántas veces habremos pronunciado silenciosa o explícitamente, un sincero “no doy más”? Todos tenemos conciencia de  muchas carencias y necesidades imprescindibles para vivir dignamente: el agua, el pan, un techo, el trabajo, la familia, los amigos. No lo tenemos todo, no podemos hacerlo todo solos. Sí, en nuestras biografías personales y comunitarias conviven fragilidad y fortaleza, limitaciones y capacidades, búsquedas y hallazgos.

En ese sentido, ¡cuánto nos interpreta e interpela el diálogo entre Jesucristo y aquella mujer! Junto al pozo: Él se ha detenido, fatigado del camino a la hora del mediodía, a pleno sol en ese caluroso y desértico paraje. Ella, como cada día,  busca allí el agua tan preciada que necesita para vivir. A ambos los distancian procedencias, conflictos político-religiosos del pasado, pero los une la necesidad. El “dame de beber” de Jesús conmueve, así como conmovió el corazón de aquella mujer. Y Jesús con asombrosa libertad supera barreras culturales y religiosas habla con ella, se acerca sencilla y humildemente. Él, a quien confesamos verdadero Dios, ha querido experimentar ‘en carne propia’ nuestra realidad humana, nuestras carencias, y, a la vez, conoce profundamente las de aquella samaritana. No sólo la invita a  descubrirlo – “si conocieras el don de Dios” – sino que, además, le ofrece un “agua viva” que calmará para siempre su sed y la colmará de plenitud. En su comentario a este episodio evangélico, dice san Agustín que Cristo “con su debilidad vino a buscarnos (…) y tuvo sed de la fe de esa mujer”.

Así, la fatiga de Él, la búsqueda de ella y la sed de ambos, fueron la fuente de donde surgió algo nuevo. Ni Jesús ni la samaritana reniegan de sus necesidades, ni las esconden o  acallan. ¿Por qué motivo nosotros habríamos de pasar por alto o disimular las nuestras? CONTEMPLAR con franqueza nuestras limitaciones y dejar nuestras autosuficiencias personales o comunitarias, es absolutamente necesario y saludable.

Tras algunos  años de discernir y concretar iniciativas en el marco de nuestro plan pastoral, ahora quisiéramos reconocer cómo estamos, cómo hemos trabajado y qué necesitamos, mejor aún, cuánto necesitamos reencontrarnos con Él y entre nosotros. Este año del plan pastoral es una oportunidad providencial para dialogar con el Señor, con apertura y paciencia, acerca de nuestra rica historia, para contemplar de manera orante nuestras carencias y sus requerimientos.
Como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, refiriéndose a este pasaje evangélico, “la oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre” (2560). Será un año para contemplar, la maravillosa obra de Dios en nuestros hermanos y hermanas, y enriquecernos mutuamente con sus dones. Será un año para revitalizar la FE que nos une en el mediodía de nuestras vidas.

2. El alba de la conversión: contemplar nuestro pasado

La narración de este pasaje del evangelio de Juan nos descubre magníficamente la ternura cercana y compasiva del Dios de Jesucristo. A solas con Él, emerge el sombrío pasado de aquella mujer, representativo del de su pueblo. Sin embargo, Jesús la trata con suma delicadeza y respeto, tanto que, como lo destacara el querido beato Juan Pablo II: “ella, sintiendo que él sabía los secretos de su vida, reconoce en Jesús al Mesías” (Carta Ap. Mulieris dignitatem, 13). Después de invitarla a redescubrir su historia personal, “dialoga con ella sobre los más profundos misterios de Dios” (ibid., 15).

¡Cuánto hemos de aprender de la infinita misericordia de nuestro Dios! Ante su mirada, nuestro pasado no nos condena si estamos dispuestos a releerlo con Él y como Él. Tampoco el pasado ajeno, ni el de nuestras comunidades, a pesar de las heridas, es fuente de frustración. Perdonarnos y perdonar, arrepentirnos con sinceridad y con decisión, bastan ante Dios, para quien “nada es imposible”. Nunca nos habremos equivocado tanto como para que Dios deje de amarnos.

CONTEMPLAR su amor infinito revive nuestra ESPERANZA en que podemos cambiar el corazón y nuestras actitudes, nuestros modos de pensar e incluso ciertas estructuras pastorales que tal vez ya no respondan al deseo de Dios para nosotros. En tal sentido, este año será un año para evaluar y revisar qué instrumentos pastorales hemos utilizado y si han sido útiles o provechosos. Será un año para ver con verdad los pasos transitados y hacer las adecuaciones convenientes.

3. El futuro de nuestro testimonio: anunciamos lo que hemos contemplado

Cuando en el relato regresan los discípulos, ya Jesús le ha hablado a la samaritana de Dios que “es Espíritu” cuya  verdadera adoración debe ser, “en espíritu y en verdad” y le ha revelado, finalmente que Él es el Mesías prometido a Israel. Los discípulos, por su parte, sorprendidos, reciben del Señor una enseñanza maravillosa: el  alimento de Jesús “es hacer la voluntad del Padre” que lo ha enviado. El Señor los invita a mirar hacia el futuro y los invita a reconocer el lugar que les corresponde en el plan de salvación: recogerán el fruto del trabajo de otros, serán parte de un proyecto que los incluye a ellos como a muchos más que continuarán su obra.  La samaritana  entretanto, ha ido  hacia los suyos para anunciar lo que ha vivido con  Cristo.

También en esto somos aleccionados por el Señor. La compleja y muy rica historia de la fe cristiana en Córdoba no ha comenzado con nosotros. Una inmensa “nube de testigos” (Hb 12,1) nos ha precedido y transmitido esta fe que profesamos. El Cura Brochero, la Madre Tránsito Cabanillas, y tantos varones y mujeres que han sembrado la Palabra de Dios en nuestra tierra, refrendándola generosamente con sus vidas. Todo lo cual nos confirma en esta verdad: nuestro futuro tiene un riquísimo pasado de gracia y verdad, de trabajo  fiel a favor de la justicia y la caridad genuinas, particularmente hacia los más débiles y sufrientes de nuestra querida Córdoba. Sí, CONTEMPLAR la labor misionera de nuestros mayores que nos precedieron en la fe nos compromete en la CARIDAD, y nos permite soñar con los frutos futuros de nuestro trabajo evangelizador. Por eso, este será también un  año,  para valorar el trabajo apostólico de quienes nos acompañan y acompañaron. Esta es una lección que nunca debemos dejar  de aprender y valorar.

El Evangelio nos dice que el testimonio de aquella mujer provocó que muchos  samaritanos creyeran que Jesús era el “Salvador del mundo”. Fueron a su encuentro y vivieron la experiencia que ella les relató. Ella se convirtió así en discípula y misionera (Doc. Aparecida 135), en “mensajera de salvación” (Mensaje al Pueblo de Dios del último Sínodo de los Obispos, 1). Que este testimonio evangélico nos anime  a anunciar lo que hemos contemplado: “la belleza y novedad perenne del encuentro con el Resucitado” (ibid., 3).

Nos encomendamos especialmente a la oración de las comunidades contemplativas que desde hace siglos en Córdoba,  hablan con Dios cada día en el silencio y la oración y nos sostienen en nuestro camino. Que Nuestra Señora del Rosario del Milagro, Patrona de nuestra Arquidiócesis y brillante Estrella de la nueva evangelización, interceda por nosotros.

+ Carlos José Ñáñez
Arzobispo de Córdoba

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