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El Papa Francisco invita a rezar el Rosario diario durante Octubre

El Santo Padre ha decidido invitar a todos los fieles, de todo el mundo, a rezar cada día el Santo Rosario, durante todo el mes mariano de octubre y a unirse así en comunión y penitencia, como pueblo de Dios, para pedir a la Santa Madre de Dios y a San Miguel Arcángel que protejan a la Iglesia del diablo, que siempre pretende separarnos de Dios y entre nosotros.

La invocación “Sub Tuum Praesidium” dice lo siguiente:

“Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!”.

El Santo Padre también ha pedido que el rezo del Santo Rosario durante el mes de octubre concluya con la oración escrita por León XIII:

San Miguel Arcángel, defiéndenos en la lucha. Sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio. Que Dios manifieste sobre él su poder, es nuestra humilde súplica. Y tú, oh Príncipe de la Milicia Celestial, con el poder que Dios te ha conferido, arroja al infierno a Satanás, y a los demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén”.

Atendiendo al pedido del Papa Francisco, en nuestra parroquia rezaremos el Rosario en la media hora anterior a todas las misas que se celebren en Octubre.

Carta del Santo Padre Francisco al pueblo de Dios

«Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Estas palabras de san Pablo resuenan con fuerza en mi corazón al constatar una vez más el sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas. Un crimen que genera hondas heridas de dolor e impotencia; en primer lugar, en las víctimas, pero también en sus familiares y en toda la comunidad, sean creyentes o no creyentes. Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse. El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad.

1. Si un miembro sufre

En los últimos días se dio a conocer un informe donde se detalla lo vivido por al menos mil sobrevivientes, víctimas del abuso sexual, de poder y de conciencia en manos de sacerdotes durante aproximadamente setenta años. Si bien se pueda decir que la mayoría de los casos corresponden al pasado, sin embargo, con el correr del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades, así como a unir esfuerzos para erradicar esta cultura de muerte; las heridas “nunca prescriben”. El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado. Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad. Clamor que el Señor escuchó demostrándonos, una vez más, de qué parte quiere estar. El cántico de María no se equivoca y sigue susurrándose a lo largo de la historia porque el Señor se acuerda de la promesa que hizo a nuestros padres: «Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,51-53), y sentimos vergüenza cuando constatamos que nuestro estilo de vida ha desmentido y desmiente lo que recitamos con nuestra voz.

Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños. Hago mías las palabras del entonces cardenal Ratzinger cuando, en el Via Crucis escrito para el Viernes Santo del 2005, se unió al grito de dolor de tantas víctimas y, clamando, decía: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! [...] La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf. Mt 8,25)» (Novena Estación).

2. Todos sufren con él

La magnitud y gravedad de los acontecimientos exige asumir este hecho de manera global y comunitaria. Si bien es importante y necesario en todo camino de conversión tomar conocimiento de lo sucedido, esto en sí mismo no basta. Hoy nos vemos desafiados como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros hermanos vulnerados en su carne y en su espíritu. Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura, en un ámbito donde los conflictos, las tensiones y especialmente las víctimas de todo tipo de abuso puedan encontrar una mano tendida que las proteja y rescate de su dolor (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228). Tal solidaridad nos exige, a su vez, denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona. Solidaridad que reclama luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual, «porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co 11,14)”» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 165). La llamada de san Pablo a sufrir con el que sufre es el mejor antídoto contra cualquier intento de seguir reproduciendo entre nosotros las palabras de Caín: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).

Soy consciente del esfuerzo y del trabajo que se realiza en distintas partes del mundo para garantizar y generar las mediaciones necesarias que den seguridad y protejan la integridad de niños y de adultos en estado de vulnerabilidad, así como de la implementación de la “tolerancia cero” y de los modos de rendir cuentas por parte de todos aquellos que realicen o encubran estos delitos. Nos hemos demorado en aplicar estas acciones y sanciones tan necesarias, pero confío en que ayudarán a garantizar una mayor cultura del cuidado en el presente y en el futuro.

Conjuntamente con esos esfuerzos, es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira. Así le gustaba decir a san Juan Pablo II: «Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 49). Aprender a mirar donde el Señor mira, a estar donde el Señor quiere que estemos, a convertir el corazón ante su presencia. Para esto ayudará la oración y la penitencia. Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno siguiendo el mandato del Señor,[1] que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y el “nunca más” a todo tipo y forma de abuso.

Es imposible imaginar una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios. Es más, cada vez que hemos intentado suplantar, acallar, ignorar, reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios construimos comunidades, planes, acentuaciones teológicas, espiritualidades y estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva, sin vida[2]. Esto se manifiesta con claridad en una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia— como es el clericalismo, esa actitud que «no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente».[3] El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo.

Siempre es bueno recordar que el Señor, «en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 6). Por tanto, la única manera que tenemos para responder a este mal que viene cobrando tantas vidas es vivirlo como una tarea que nos involucra y compete a todos como Pueblo de Dios. Esta conciencia de sentirnos parte de un pueblo y de una historia común hará posible que reconozcamos nuestros pecados y errores del pasado con una apertura penitencial capaz de dejarse renovar desde dentro. Todo lo que se realice para erradicar la cultura del abuso de nuestras comunidades, sin una participación activa de todos los miembros de la Iglesia, no logrará generar las dinámicas necesarias para una sana y realista transformación. La dimensión penitencial de ayuno y oración nos ayudará como Pueblo de Dios a ponernos delante del Señor y de nuestros hermanos heridos, como pecadores que imploran el perdón y la gracia de la vergüenza y la conversión, y así elaborar acciones que generen dinamismos en sintonía con el Evangelio. Porque «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11).

Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión.

Asimismo, la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males. Que el ayuno y la oración despierten nuestros oídos ante el dolor silenciado en niños, jóvenes y minusválidos. Ayuno que nos dé hambre y sed de justicia e impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias. Un ayuno que nos sacuda y nos lleve a comprometernos desde la verdad y la caridad con todos los hombres de buena voluntad y con la sociedad en general para luchar contra cualquier tipo de abuso sexual, de poder y de conciencia.

De esta forma podremos transparentar la vocación a la que hemos sido llamados de ser «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1).

«Si un miembro sufre, todos sufren con él», nos decía san Pablo. Por medio de la actitud orante y penitencial podremos entrar en sintonía personal y comunitaria con esta exhortación para que crezca entre nosotros el don de la compasión, de la justicia, de la prevención y reparación. María supo estar al pie de la cruz de su Hijo. No lo hizo de cualquier manera, sino que estuvo firmemente de pie y a su lado. Con esta postura manifiesta su modo de estar en la vida. Cuando experimentamos la desolación que nos produce estas llagas eclesiales, con María nos hará bien «instar más en la oración» (S. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 319), buscando crecer más en amor y fidelidad a la Iglesia. Ella, la primera discípula, nos enseña a todos los discípulos cómo hemos de detenernos ante el sufrimiento del inocente, sin evasiones ni pusilanimidad. Mirar a María es aprender a descubrir dónde y cómo tiene que estar el discípulo de Cristo.

Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de la conversión y la unción interior para poder expresar, ante estos crímenes de abuso, nuestra compunción y nuestra decisión de luchar con valentía.

Vaticano, 20 de agosto de 2018

Francisco

Catequesis del Papa Francisco sobre los Mandamientos (continuación)

El Santo Padre, continuando su nuevo ciclo de catequesis sobre los Mandamientos ha centrado esta vez su atención sobre el tema: “El amor de Dios precede la ley y le da significado” (pasaje bíblico: Deuteronomio 4, 32-35).
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Esta audiencia será como la del miércoles pasado. En el Aula Pablo VI hay tantos enfermos  para que estén mejor, para que estuvieran más cómodos. Pero seguirán la audiencia con la pantalla gigante y también ellos con nosotros; es decir no hay dos audiencias. Hay una sola. Saludemos a los enfermos del Aula Pablo VI. Y sigamos hablando de los mandamientos que, como dijimos, más que mandamientos son las palabras de Dios a su pueblo para que camine bien: palabras amorosas de un Padre.

Las diez Palabras empiezan así: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre” (Ex 20: 2). Este comienzo sonaría extraño con las leyes verdaderas y propias que siguen. Pero no es así.

¿Por qué esta proclamación que Dios hace de sí mismo y de la liberación? Porque se llega al Monte Sinaí después de atravesar el Mar Rojo: el Dios de Israel primero salva, luego pide confianza. [1] Es decir: el Decálogo comienza con la generosidad de Dios. Dios no pide nunca sin haber dado antes. Nunca. Primero salva, después da, luego pide. Así es nuestro Padre, Dios bueno.

Y entendemos la importancia de la primera declaración: “Yo soy el Señor tu Dios”. Hay un posesivo, hay una relación, una pertenencia mutua. Dios no es un extraño: es tu Dios. [2] Esto ilumina todo el Decálogo y también revela el secreto de la acción cristiana, porque es la misma actitud de Jesús que dice: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros” (Jn 15, 9). Cristo es el amado del Padre y nos ama con ese amor. Él no comienza desde sí mismo, sino desde el Padre. A menudo nuestras obras fracasan porque partimos de nosotros mismos y no de la gratitud. Y quién empieza por sí mismo: ¿Dónde llega? ¡Llega a sí mismo! Es incapaz de hacer camino, vuelve a sí mismo. Es precisamente esa actitud egoísta que la gente bromeando dice: “Esa persona es yo, mí, me, conmigo”. Sale de sí mismo y vuelve a sí mismo.

La vida cristiana es, ante todo, la respuesta agradecida a un Padre generoso. Los cristianos que solo siguen “deberes” denotan que no tienen una experiencia personal de ese Dios que es “nuestro”.  Yo debo hacer esto, eso y lo otro… Solamente deberes. ¡Pero te falta algo! ¿Cuál es el fundamento de este deber? El fundamento de este deber es el amor de Dios Padre, que primero da y luego manda. Anteponer la ley a la relación no ayuda al camino de la fe. ¿Cómo puede un joven desear ser cristiano, si partimos de obligaciones, compromisos, coherencias y no de la liberación? ¡Pero ser cristiano es un camino de liberación! Los mandamientos te liberan de tu egoísmo y te liberan porque el amor de Dios te lleva hacia delante. La formación cristiana no se basa en la fuerza de voluntad, sino en la aceptación de la salvación, en dejarse amar: primero el Mar Rojo, luego el Monte Sinaí. Primero la salvación: Dios salva a su pueblo en el Mar Rojo, después en el Sinaí le dice lo que tiene que hacer. Pero ese pueblo sabe que hace esas cosas porque ha sido salvado por un Padre que lo ama.

La gratitud es un rasgo característico del corazón visitado por el Espíritu Santo; para obedecer a Dios, primero debemos recordar sus beneficios. San Basilio dice: “Quien no deja que esos beneficios caigan en el olvido, está orientado hacia la buena virtud y hacia toda obra de la justicia” (Reglas breves, 56). ¿A dónde nos lleva todo esto? A ejercitar la memoria: [3] ¡Cuántas cosas bellas ha hecho Dios por cada uno de nosotros! ¡Qué generoso es nuestro Padre Celestial! Ahora me gustaría proponeros un pequeño ejercicio: que cada uno, en silencio, responda para sí. ¿Cuántas cosas hermosas ha hecho Dios por mí? Esta es la pregunta. En silencio cada uno de nosotros responda. ¿Cuántas cosas hermosas ha hecho Dios por mí? Y esta es la liberación de Dios. Dios hace tantas cosas bellas y nos libera.

Y sin embargo, alguno puede sentir que aún no ha tenido una verdadera experiencia de la liberación de Dios. Puede suceder. Podría ser que uno mire en su interno y encuentre solo sentido del deber, una espiritualidad de siervos y no de hijos. ¿Qué hacer en este caso? Lo que hizo el pueblo elegido. Dice el libro del Éxodo: “Los israelitas, gimiendo bajo la servidumbre, clamaron, y su clamor que brotaba del fondo de su esclavitud, subió a Dios. Oyó Dios sus gemidos y acordóse Dios de su alianza con Abraham, Isaac y Jacob… Y miró Dios a los hijos de Israel y conoció”(Ex 2,23-25). Dios piensa en mí.

La acción liberadora de Dios al comienzo del Decálogo – es decir, de los Mandamientos- es la respuesta a este lamento. No nos salvamos solos, pero de nosotros puede salir un grito de ayuda: “Señor, sálvame, Señor enséñame el camino, Señor, acaríciame, Señor, dame un poco de alegría”. Esto es un grito que pide ayuda. Esto depende de nosotros: pedir que nos liberen del egoísmo, del pecado, de las cadenas de la esclavitud. Este grito es importante, es oración, es conciencia de lo que todavía está oprimido y no liberado en nosotros. Hay tantas cosas que no han sido liberadas en nuestra alma, “Sálvame, ayúdame, libérame”. Esta es una hermosa oración al Señor. Dios espera ese grito porque puede y quiere romper nuestras cadenas; Dios no nos ha llamado a la vida para estar oprimido, sino para ser libres y vivir con gratitud, obedeciendo con alegría a Aquel que nos ha dado tanto, infinitamente más de lo que nosotros podremos darle. Es hermoso esto ¡Que Dios sea siempre bendito por todo lo que ha hecho, lo que hace y lo que hará en nosotros!

Catequesis del Papa Francisco sobre los Mandamientos (continuación)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Esta audiencia se desarrolla en dos sitios: nosotros, aquí, en la Plaza y en el Aula Pablo VI donde hay más de 200 enfermos que ven la audiencia gracias a una pantalla gigante. Todos juntos formamos una comunidad. Saludamos con un aplauso a los que están en el Aula.

El miércoles pasado comenzamos un nuevo ciclo de catequesis, sobre los mandamientos. Vimos que el Señor Jesús no vino a abolir la Ley sino a darle cumplimiento. Pero tendremos que entender mejor esta perspectiva.

En la Biblia, los mandamientos no viven por sí mismos, sino que son parte de un nexo, una relación. El Señor Jesús no vino a abolir la Ley sino a darle cumplimiento. Y existe esa relación, de la Alianza entre Dios y su pueblo. Al comienzo del capítulo 20 del libro de Éxodo leemos –y esto es importante–: "Dios pronunció todas estas palabras" (v. 1).

Parece una apertura como cualquier otra, pero nada en la Biblia es trivial. El texto no dice "Dios pronunció estos mandamientos", sino "estas palabras". La tradición judía siempre llamará al Decálogo "las Diez Palabras". Y el término "decálogo" significa precisamente esto. Y, sin embargo, están en forma de leyes, son mandamientos objetivamente. ¿Por qué, entonces, el Autor sagrado usa, precisamente aquí, el término "diez palabras?” ¿Por qué? ¿Y no dice "diez mandamientos"?

¿Cuál es la diferencia entre un mandato y una palabra? El mandato es una comunicación que no requiere diálogo. La palabra, en cambio, es el medio esencial de la relación como diálogo. Dios Padre crea por medio de su palabra, y su Hijo es la Palabra hecha carne. El amor se alimenta de palabras, al igual que la educación o la colaboración. Dos personas que no se aman no logran comunicar. Cuando alguien habla a nuestro corazón, nuestra soledad termina. Recibe una palabra, hay comunicación y los mandamientos son palabra de Dios: Dios se comunica en estas diez Palabras y espera nuestra respuesta

Una cosa es recibir una orden, otra percibir que alguien intenta hablar con nosotros. Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad.  Yo puedo deciros: “Hoy es el último día de la primavera, cálida primavera, pero hoy es el último día”. Es una verdad, no un diálogo. Pero si os digo: “¿Qué pensáis de esta primavera?”, abro un diálogo. Los mandamientos son un diálogo. La comunicación se realiza por el gusto de hablar y por el bien concreto que se comunica entre los que se aman por medio de las palabras. Es un bien que no consiste en cosas, sino en las personas mismas que mutuamente se dan en el diálogo "(ibíd., N. Evangelii gaudium, 142).

Pero esta diferencia no es algo artificial. Observemos lo que pasó al principio. El Tentador, el diablo, quiere engañar al hombre y a la mujer sobre esta cuestión: quiere convencerlos de que Dios les ha prohibido comer los frutos del árbol del bien y del mal para mantenerlos sometidos. El desafío es efectivamente éste: La primera regla que Dios da al hombre, ¿es la imposición de un déspota que prohíbe y obliga?, o ¿la atención de un papá  que cuida de sus pequeños y los protege de la autodestrucción? ¿Es una palabra o es un mandato? La más trágica, entre las diversas mentiras que la serpiente le dice a Eva, es la sugerencia de una deidad envidiosa –“Pero, no, Dios tiene envidia de vosotros”– ,de una deidad posesiva. “Dios no quiere que tengáis libertad”. Los hechos muestran dramáticamente que la serpiente mintió, dio a entender que una palabra de amor fuese un mandato. (Génesis 2: 16-17; 3.4-5).

El hombre se enfrenta a esta encrucijada: ¿Dios me impone cosas o me cuida? ¿Sus mandamientos son solo una ley o contienen una palabra para cuidarme? ¿Dios es patrón o padre? Dios es Padre: No lo olvidéis nunca. Incluso en las situaciones más difíciles, pensad que tenemos un Padre que nos quiere a todos. ¿Somos súbditos s o hijos? Este combate, tanto dentro como fuera de nosotros, se presenta continuamente: Tenemos que elegir mil veces entre una mentalidad de esclavos y una mentalidad de hijos. El mandamiento es del patrón, la palabra es del Padre,

El Espíritu Santo es un Espíritu de hijos, es el Espíritu de Jesús Un espíritu de esclavos no puede por menos que aceptar la Ley de forma opresiva, y puede producir dos resultados opuestos: O una vida de deberes y obligaciones, o una reacción violenta de rechazo Todo el cristianismo es el pasaje de la letra de la Ley al Espíritu que da vida (véase 2 Cor 3: 5-17). Jesús es la Palabra del Padre, no es la condena del Padre. Jesús vino a salvar, con su Palabra, no a condenarnos.

Se ve cuando un hombre o una mujer han vivido este pasaje o no. La gente se da cuenta de si un cristiano razona como un hijo o como un esclavo. Y nosotros mismos recordamos si nuestros educadores nos cuidaron como padres y madres, o si solo nos impusieron reglas. Los mandamientos son el camino hacia la libertad, porque son la palabra del Padre que nos hace libres en este camino.

El mundo no necesita legalismo, sino cuidados. Necesita cristianos con el corazón de hijos; no lo olvidéis.

Nuevo ciclo de catequesis del Papa Francisco: Los Mandamientos

El Santo Padre, ha iniciado un nuevo ciclo de catequesis sobre los Mandamientos dedicando su atención al deseo de una vida plena. (Fragmento bíblico: Evangelio según san Marcos 10, 17-21).
A continuación, sigue el texto de la catequesis del Papa Francisco, pronunciada hoy en la audiencia general:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy es la fiesta de San Antonio de Padua. ¿Quién  de vosotros se llama Antonio? Un aplauso para todos los “Antonios”.

Hoy comenzamos un nuevo itinerario catequético. Será sobre el tema de los mandamientos. Los mandamientos de la ley de Dios. Nos sirve de introducción el pasaje que acabamos de escuchar: el encuentro entre Jesús y un hombre -es un joven-  que, de rodillas, le pregunta cómo puede alcanzar la vida eterna (cf. Mc 10.17 a 21). Y en esa pregunta está el desafío de cada existencia, también de la nuestra: el deseo de una vida plena e infinita. Pero ¿cómo llegar? ¿Qué camino tomar? Vivir de verdad, vivir una existencia noble… Cuántos jóvenes intentan “vivir” y en cambio se destruyen  persiguiendo cosas efímeras.

Algunos piensan que sea mejor apagar este impulso, -el impulso de vivir- porque es peligroso. Quisiera decir, sobre todo a los jóvenes: nuestro peor enemigo no son los problemas concretos, por muy  graves y dramáticos que sean: El mayor peligro en la vida es un mal espíritu de adaptación que no es la mansedumbre ni la humildad, sino la mediocridad, la pusilanimidad. Un joven mediocre ¿es un joven con futuro o no? ¡No! Se queda ahí; no crece, no tendrá éxito. La mediocridad o la pusilanimidad. Esos jóvenes que tienen miedo de todo. “No, yo soy así…” Esos jóvenes no saldrán adelante. Mansedumbre, fuerza y nada de pusilanimidad, nada de mediocridad. El beato Pier Giorgio Frassati decía que debemos vivir, no ir tirando. Los mediocres van tirando. Vivir con la fuerza de la vida. Hay que pedir a nuestro Padre Celestial para los jóvenes de hoy el don de la inquietud saludable. Pero, en vuestras casas, en cada familia, cuando hay un joven que está todo el día sentado, a veces la madre y el padre piensan: “Está enfermo, tiene algo” y lo llevan al médico. La vida del joven es ir adelante, estar inquieto, la inquietud saludable, la capacidad de no estar satisfechos con una vida sin belleza, sin color. Si los jóvenes no tienen hambre de una vida auténtica,  me pregunto ¿Dónde irá la humanidad? ¿Dónde irá la humanidad con jóvenes quietos y no inquietos?

La pregunta de aquel hombre del Evangelio que hemos escuchado está dentro de cada uno de nosotros: ¿Cómo se encuentra la vida, la vida en abundancia, la felicidad? Jesús responde: “Ya sabes los mandamientos” (v. 19), y cita una parte del Decálogo. Es un proceso pedagógico, con el cual Jesús quiere conducir a un lugar preciso. De hecho, ya está claro, por su pregunta que aquel hombre no tiene una vida plena busca algo más, está inquieto. Por lo tanto ¿qué debe entender? Él dice: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud» (v. 20).

¿Cómo se pasa de la juventud a la madurez? Cuando se empiezan a aceptar las propias limitaciones. Nos volvemos adultos cuando nos relativizamos y tomamos conciencia de “lo que falta” (cfr. v. 21). Este hombre se ve obligado a reconocer que todo lo que puede “hacer” no supera un “techo”, no va más allá de un margen.

¡Qué hermoso es ser hombres y mujeres! ¡Qué preciosa es nuestra existencia! Y sin embargo, hay una verdad que en la historia de los últimos siglos el hombre ha rechazado a menudo, con trágicas consecuencias: la verdad de sus limitaciones.

Jesús, en el Evangelio, dice algo que puede ayudarnos: “No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento “(Mt 5, 17). El Señor Jesús regala el cumplimiento, por eso vino. Aquel hombre tenía que dar un salto para llegar al umbral, donde se abre la posibilidad de dejar de vivir de uno mismo, de las propias obras, de los propios bienes y, precisamente porque falta la vida plena, dejarlo todo para seguir al Señor. Mirándolo bien, en la invitación final de Jesús – inmenso, maravilloso – no está la propuesta de la pobreza sino la de la riqueza, la verdadera, “Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven ¡Sígueme!”(V. 21).

¿Quién, pudiendo elegir entre un original y una copia, elegiría la copia? Este es el desafío: encontrar el original de la vida, no la copia. Jesús no ofrece sustitutos, ¡sino vida verdadera, amor verdadero, riqueza verdadera! ¿Cómo pueden los jóvenes seguirnos en la fe si no nos ven elegir el original, si nos ven adictos a las medias tintas? Es feo encontrar cristianos de medias tintas, cristianos –me permito la palabra– “enanos”; crecen hasta una determinada estatura y luego no; cristianos con el corazón encogido, cerrado. Es feo encontrarse con esto. Hace falta el ejemplo de alguien que me invita a un “más allá”, a “algo más“, a crecer algo más. San Ignacio lo llamaba el “magis”, “el fuego, el fervor de la acción, que sacude al soñoliento”.

El camino de lo que falta pasa por lo que hay. Jesús no vino a abolir la Ley o los Profetas sino a cumplirlos. Tenemos que partir de la realidad para dar el salto a “lo que falta”. Debemos escudriñar lo ordinario para abrirnos a lo extraordinario.

En estas catequesis tomaremos las dos tablas de Moisés como cristianos, de la mano de Jesús, para pasar de las ilusiones de la juventud al tesoro que está en el cielo, caminando detrás de Él. Descubriremos, en cada una de esas leyes, antiguas y sabias, la puerta abierta por el Padre que está en los cielos para que el Señor Jesús, que la ha cruzado, nos lleve a la vida verdadera. Su vida. La vida de los hijos de Dios.

Francisco

El Papa invita a rezar al Sagrado Corazón en el mes de junio

El 8 de junio la Iglesia celebra el Día del Sagrado Corazón de Jesús, una devoción fortalecida como "símbolo de amor divino" y a la cual se le dedica oraciones especiales, durante todo el mes de junio.

El Papa Francisco, ha manifestado en varias ocasiones su profundo afecto y veneración por el Sagrado Corazón de Jesús y así lo recordó también, al término de su audiencia general del miércoles 6 de junio, en su saludo en lengua italiana, en el que invitó a todos los fieles y peregrinos a rezarle con especial fervor durante este tiempo.

Y con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón, el Santo Padre escribió en su cuenta oficial de Twitter, que esta solemnidad "nos recuerda que Dios nos amó primero: Él nos espera siempre para acogernos en su Corazón, en su amor".

Origen de la devoción al Sagrado Corazón
Según explica la tradición de la Iglesia, la devoción al corazón herido de Jesús tiene sus orígenes en el siglo XI, cuando los cristianos piadosos meditaban sobre "sus cinco llagas". 

En aquel tiempo se extendieron entre los fieles las oraciones al Sagrado Corazón, a la llaga del hombro de Jesús y a las devociones privadas. Todas ayudaban a los cristianos a enfocarse en su Pasión y Muerte, de tal manera que lograran "crecer en el amor hacia Él".

Sin embargo, no fue hasta 1670 que un sacerdote francés llamado Jean Eudes celebró la primera fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, fruto de su enorme devoción "al corazón más grande entregado por amor a la humanidad", tal y como él mismo escribió en sus diarios; una devoción que con el tiempo lo llevaría a redactar los escritos de su adoración litúrgica.

Jesús mismo pide la celebración de esta fiesta
Casi al mismo tiempo, una religiosa piadosa  llamada Margarita María Alacoque confesó tener  visiones místicas de Jesús, en las que se le aparecía con frecuencia y en las que podía ver "su corazón vivo y latente".

Al año siguiente, Margarita María informó a sus superiores que durante estas experiencias místicas, Jesús, había manifestado que quería ser honrado bajo la figura de su corazón de carne; "pidiendo a los fieles que lo recibieran con frecuencia en la Eucaristía, especialmente el primer viernes de cada mes, y que practicaran una hora santa devocional".

En 1675, durante la octava al Corpus Christi, Margarita María tuvo una visión que se conoció como la “gran aparición”. En ella, Jesús le pedía que la fiesta del Sagrado Corazón sea  celebrada cada año el viernes siguiente a Corpus Christi, "en reparación por la ingratitud de los hombres hacia su sacrificio redentor en la cruz".

La devoción se hizo popular después de la muerte de esta religiosa en 1690, que posteriormente fue "elevada a los altares".

Aprobación oficial del Papa Pío IX
El 8 de mayo de 1873 la fiesta Sagrado Corazón fue formalmente aprobada por el Papa Pío IX, y 26 años después, el 21 de julio de 1899, el Papa León XIII exhortó a todos los obispos del mundo, a que la celebraran en sus diócesis.

Siglos después el Papa Francisco recuerda en su homilía, de la misa matutina de la capilla de la Casa de Santa Marta en el día del Sagrado Corazón, que se trata de  la fiesta del amor de Dios: "un amor que no se puede entender. Un amor de Cristo que supera todo conocimiento. Supera todo. Así de grande es el amor de Dios, como el mar, sin orillas, sin fondo, sin límites", dijo el Pontífice.
   Fuente: Vatican News

Nueva catequesis del Papa Francisco sobre el sacramento de la Confirmación

En una nueva catequesis durante la Audiencia General de los miércoles, el Papa Francisco habló de los dones que otorga el Espíritu Santo mediante el Sacramento de la Confirmación.
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuando la reflexión sobre el sacramento de la Confirmación, consideramos los efectos que el don del Espíritu Santo hace madurar en los confirmados, llevándolos a ser, a su vez, un don para los demás. El Espíritu Santo es un don. Recordemos que cuando el obispo nos da la unción con el óleo dice: "Recibe el Espíritu Santo que te es dado en don". Ese don del Espíritu Santo entra en nosotros y nos hace fructificar, para que podamos dárselo luego a los demás. Siempre recibir para dar: nunca recibir y quedarse con las cosas dentro, como si el alma fuera un almacén. No: siempre recibir para dar. Las gracias de Dios se reciben para dárselas a los demás. Esta es la vida del cristiano. Es propio del Espíritu Santo descentralizarnos de nuestro "yo" para abrirnos al "nosotros" de la comunidad: recibir para dar. No somos nosotros el centro: somos un instrumento de ese don para los demás.

La Confirmación, completando en los bautizados la semejanza con Cristo, los une más fuertemente como miembros vivos del cuerpo místico de la Iglesia (ver Ritual de la Confirmación, n. 25). La misión de la Iglesia en el mundo procede a través de la contribución de todos los que forman parte de ella. Algunos piensan que en la Iglesia haya patrones: el Papa, los obispos, los curas y que luego vengan los demás. No: ¡la Iglesia somos todos! Y todos tenemos la responsabilidad de santificarnos el uno al otro, de preocuparnos unos de otros. La Iglesia somos todos nosotros. Cada uno tiene su trabajo en la Iglesia, pero la Iglesia somos todos. Debemos pensar en la Iglesia como en un organismo vivo, compuesto de personas que conocemos y con quienes caminamos, y no como una realidad abstracta y distante.  La Iglesia somos nosotros que caminamos, la Iglesia somos nosotros que estamos en esta Plaza. Nosotros: esta es la Iglesia. La Confirmación vincula a la Iglesia universal, esparcida por toda la tierra, involucrando activamente a las personas confirmadas en la vida de la Iglesia particular a la que pertenecen, encabezada por el obispo, que es el sucesor de los apóstoles.

Y por eso el obispo es el ministro originario de la Confirmación (véase Lumen Gentium, 26), porque incorpora el confirmado a la Iglesia. El hecho de que, en la Iglesia latina, este sacramento sea normalmente conferido por el obispo pone de relieve su “efecto de  unir a los que la reciben más estrechamente a la Iglesia, a sus orígenes apostólicos y a su misión de dar testimonio de Cristo."(Catecismo de la Iglesia Católica, 1313).

Y esta incorporación eclesial está bien representada por el signo de la paz que concluye el ritual de la crismación. Efectivamente, el obispo dice a cada confirmado: "La paz sea contigo ". Recordando el saludo de Cristo a sus discípulos en la tarde de Pascua, lleno del Espíritu Santo (cf. Jn 20,19-23), -como hemos escuchado- estas palabras iluminan un gesto que "manifiesta la comunión eclesial con el obispo y con todos los fieles " (cf. CIC, 1301). Nosotros, en la Confirmación, recibimos el Espíritu Santo y la paz: esa paz que debemos dar a los demás. Pero pensemos: Que cada uno piense, por ejemplo, en su comunidad parroquial. Está la ceremonia de la Confirmación y después nos damos la paz: el obispo se la da al confirmado, y después en la misa la intercambiamos entre nosotros. Esto significa armonía, significa caridad entre nosotros, significa paz. Pero ¿después que pasa? Salimos y empezamos a hablar mal de los demás, a “despellejarlos”. Empiezan los cotilleos. Y los chismes son guerras. ¡No, no está bien! Si hemos recibido el signo de la paz con la fuerza del Espíritu Santo, tenemos que ser hombres y mujeres de paz, y no destruir, con la lengua, la paz que ha hecho el Espíritu. ¡Pobre Espíritu Santo! ¡Qué trabajo tiene con nosotros con esta costumbre del chismorreo! Pensadlo bien: el chismorreo no es una obra del Espíritu Santo, no es una obra de la unidad de la Iglesia. El chismorreo destruye lo que Dios hace. ¡Por favor, acabemos con el chismorreo! 

La Confirmación se recibe solo una vez, pero el dinamismo espiritual suscitado por la santa unción es perseverante en el tiempo. Nunca terminaremos de cumplir el mandato de difundir en todas partes el buen olor de una vida santa, inspirada en la fascinante sencillez del Evangelio.

Ninguno recibe la Confirmación solo para sí mismo, sino para cooperar en el crecimiento espiritual de los demás. Solo de esta manera, abriéndonos y saliendo de nosotros mismos para encontrarnos con nuestros hermanos, podemos realmente crecer y no solo engañarnos con que lo estamos haciendo. De hecho, cuando recibimos un don de Dios debemos darlo – el don es para dar- para que sea fructífero, y no enterrarlo, a causa de miedos egoístas como enseña la parábola de los talentos (Mt 25,14-30).  También la semilla, cuando la tenemos en la mano, no es para dejarla allí, en el armario y que ahí se quede: Hay que sembrarla. El don del Espíritu Santo hay que dárselo a la comunidad.  

Exhorto a los confirmados a no “enjaular” al Espíritu Santo, a no oponer resistencia al Viento que sopla para empujarlos a caminar en libertad, a no sofocar el Fuego ardiente de la caridad que lleva a consumir la vida por Dios y por los hermanos. ¡Que el Espíritu Santo nos conceda el coraje apostólico para comunicar el Evangelio, con las obras y las palabras, a todos los que encontramos en nuestro camino! Con las obras y las palabras, pero las palabras buenas: las que edifican. No las palabras de los chismes que destruyen. Por favor, cuando salgáis de la iglesia pensad que la paz recibida es para dársela a los demás: no para destruirla con el chismorreo. No lo olvidéis.

Papa Francisco: Catequesis sobre el Sacramento de la Confirmación

Durante la Audiencia General de este miércoles 30 de mayo, el Papa Francisco destacó la importancia de la acción del Espíritu Santo en el mantenimiento de la unidad de la Iglesia, y recordó los compromisos de aquellos que reciben el sacramento de la Confirmación. En la catequesis, el Santo Padre explicó el significado de los diferentes signos del rito de la Confirmación, y destacó la imposición de manos y el santo óleo.  A continuación, el texto completo de la catequesis del Papa Francisco.
Queridos hermanos y hermanas:

Hoy deseo resaltar la íntima relación del sacramento de la Confirmación con toda la iniciación cristiana.

Antes de recibir la unción espiritual que confirma y fortalece la gracia del bautismo, los que van a ser confirmados están llamados a renovar las promesas hechas un día por sus padres y padrinos. Ahora son ellos mismos los que profesan la fe de la Iglesia, dispuestos a responder "creo" a las preguntas del obispo. Dispuestos, en particular, a creer "en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que hoy os será comunicado de un modo singular por el sacramento de la Confirmación, como fue dado a los Apóstoles el día de Pentecostés" (Rito de Confirmación, No. 26).

Ya que la venida del Espíritu Santo requiere corazones reunidos en oración (Hechos 1:14), después de la oración silenciosa de la comunidad, el obispo, con las manos extendidas sobre los que se van a confirmar, suplica a Dios que infunda en ellos su santo Espíritu Paráclito. Uno sólo es el Espíritu, (cf. 1 Cor 12,4) pero viniendo a nosotros trae consigo riqueza de dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y santo temor de Dios (cf. Rito de la confirmación, 28-29).

Hemos escuchado el pasaje de la Biblia con estos dones que trae el Espíritu Santo. Según el profeta Isaías (11: 2), estas son las siete virtudes del Espíritu derramadas sobre el Mesías para el cumplimiento de su misión. También San Pablo describe el abundante fruto del Espíritu que es "amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí" (Gal 5, 22).

El único Espíritu distribuye los múltiples dones que enriquecen a la única Iglesia: él es el Autor de la diversidad, pero al mismo tiempo el Creador de la unidad. Así, el Espíritu da todas estas riquezas que son diversas, pero del mismo modo aporta la armonía, es decir la unidad de todas estas riquezas espirituales que tenemos nosotros, los cristianos.

Por tradición atestiguada por los Apóstoles, el Espíritu que completa la gracia del bautismo se comunica a través de la imposición de las manos (cf. Hechos 8.15 a 17; 19.5 a 6; Heb 6,2). A este gesto bíblico, para reflejar mejor la efusión del Espíritu que impregna a los que la reciben, muy pronto, para mejor significar el don del Espíritu Santo, se añadió a la imposición de las manos una unción con óleo perfumado (crisma), mantenida en uso hasta hoy, tanto en Oriente como en Occidente. (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1289).

El óleo –el crisma– es una sustancia terapéutica y cosmética que, al penetrar en los tejidos del cuerpo cura las heridas y perfuma los miembros; por estas cualidades fue asumido por el simbolismo bíblico y litúrgico para expresar la acción del Espíritu Santo que consagra e impregna al bautizado, embelleciéndolo con carismas.

El sacramento es conferido mediante la unción con el crisma en la frente, efectuada por el obispo con la imposición de la mano y con estas palabras: "Recibe por esta señal el Don del Espíritu Santo". El Espíritu Santo es el don invisible otorgado y el crisma es su sello visible.

Al recibir en la frente la señal de la cruz con el óleo perfumado, el confirmado recibe así una huella espiritual indeleble, el "carácter" que lo configura más perfectamente a Cristo y le da la gracia para difundir entre los hombres el "buen olor" (ver 2 Cor 2:15).

Escuchemos nuevamente la invitación de San Ambrosio al recién confirmado. Dice así: "Recuerda que has recibido el sello espiritual [...] y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado, Cristo el Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón como prenda al Espíritu "(De mysteriis 7,42: CSEL 73,106; cf. CIC, 1303). El Espíritu es un don inmerecido, que hay que recibir con gratitud, dejando espacio a su creatividad inagotable. Es un don para conservar con cuidado, para secundar con docilidad, dejándose moldear, como la cera, por su ardiente caridad, 'para reflejar a Jesucristo en el mundo de hoy' (ibid.Gaudete et Exsultate, 23).

Última catequesis del Papa Francisco sobre el Bautismo

En su última catequesis sobre el Bautismo, el Papa Francisco reflexionó sobre el significado de los símbolos de las vestiduras blancas y de la vela durante la ceremonia bautismal. A continuación, la catequesis del Papa Francisco:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy concluimos el ciclo de catequesis sobre el Bautismo. Los efectos espirituales de este sacramento, invisibles para los ojos pero que operan en el corazón de quien se ha convertido en una nueva criatura, se hacen explícitos mediante la entrega de la prenda blanca y la vela encendida.

Después del lavacro de regeneración, capaz de recrear al hombre según Dios en la verdadera santidad (cf. Ef 4,24), pareció natural, desde los primeros siglos, revestir a los nuevos bautizados con una prenda nueva, blanca, a semejanza del esplendor de la vida conseguida en Cristo y en el Espíritu Santo. La vestimenta blanca expresa simbólicamente lo que ha sucedido en el sacramento, y anuncia, al mismo tiempo, la condición de los transfigurados en la gloria divina

San Pablo recuerda el significado de revestirse de Cristo, cuando explica cuáles son las virtudes que deben cultivar los bautizados: "Elegidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros y perdonándoos mutuamente al otro…Y por encima de todo esto revestíos de caridad, que es el vínculo de la perfección”. (Col 3: 12-14).

La entrega ritual de la llama tomada del cirio pascual también recuerda el efecto del Bautismo: "Recibid la luz de Cristo", dice el sacerdote.  Estas palabras recuerdan que nosotros no somos la luz, sino que la luz es Jesucristo (Jn 1, 9, 12, 46), quien, resucitado de entre los muertos, ha vencido las tinieblas del mal. ¡Nosotros estamos llamados a recibir su esplendor! Al igual que la llama del cirio pascual ilumina cada vela, el amor del Señor resucitado inflama los corazones de los bautizados, llenándolos de luz y calor. Y por eso desde los primeros siglos el sacramento del bautismo también se llama "iluminación" y al bautizado se le llamaba "el iluminado”.

Esta es ciertamente la vocación cristiana: "Caminar siempre como hijos de la luz, perseverando en la fe" (cf. Rito de la iniciación cristiana de adultos, n. ° 226, Jn 12, 36). Si se trata de niños, es deber de los padres, junto con los padrinos y madrinas preocuparse por alimentar la llama de la gracia bautismal en sus pequeños, ayudándolos a perseverar en la fe (cf. Rito del bautismo de los niños, n. 73). "La educación en la fe, que en justicia se les debe a los niños, tiende a llevarles gradualmente a comprender y asimilar el plan de Dios en Cristo, para que finalmente ellos mismos puedan libremente ratificar la fe en que han sido bautizados. "(ibid., Introducción, 3).

La presencia viva de Cristo, que debemos proteger, defender y dilatar en nosotros, es la lámpara que ilumina nuestros pasos, luz que orienta nuestras decisiones, llama que calienta los corazones para ir al encuentro del Señor, haciéndonos capaces de ayudar a los que hacen el camino con nosotros, hasta la comunión inseparable con Él. Ese día, dice también el Apocalipsis, "Noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos"(véase 22: 5).

La celebración del bautismo termina con la oración del Padre Nuestro, propia de la comunidad de los hijos de Dios. En efecto, los niños renacidos en el bautismo reciben la plenitud del don del Espíritu en la confirmación y participan en la eucaristía, aprendiendo lo que significa dirigirse a Dios llamándolo "Padre".

Al final de estas catequesis sobre el Bautismo, repito a cada uno de vosotros la invitación que expresé en la exhortación apostólica Gaudete et Exsultate: "Deja que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Deja que todo esté abierto a Dios y para ello opta por él, elige a Dios una y otra vez. No te desalientes, porque tienes la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible, y la santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida (cf. Ga 5,22-23)”.

Catequesis del Papa Francisco sobre el Bautismo (continuación)

En la audiencia general de esta mañana en la Plaza de San Pedro, 
el Santo Padre Francisco ha continuado con su ciclo de catequesis sobre el Bautismo.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis sobre el sacramento del bautismo nos lleva a hablar hoy del lavacro santo acompañado de la invocación a la Santísima Trinidad,  o sea el rito central, que, propiamente “bautiza” – es decir, inmerge – en el misterio pascual de Cristo (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1239). San Pablo recuerda a los cristianos de Roma el significado de este gesto, preguntando en primer lugar: “¿Es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?” Y luego responde: “Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte  a fin de que al igual que Cristo fue  resucitado de entre los muertos… así también nosotros vivamos una vida nueva “(Rom 6: 3-4).El Bautismo nos abre la puerta a una vida de resurrección, no a una vida mundana. Una vida según Jesús.

¡La pila bautismal es el lugar donde participamos de la Pascua de Cristo! El hombre viejo es sepultado, con sus pasiones engañosas (véase Efesios 4:22), para que renazca una  criatura nueva. En efecto las cosas viejas han pasado y han nacido otras nuevas (véase 2 Cor 5, 17). En las “catequesis” atribuidas a San Cirilo de Jerusalén se explica así a los recién bautizados, lo que les ha sucedido en el agua del bautismo. Es hermosa esta explicación de San Cirilo: “Nacéis y morís en el mismo instante y la misma onda saludable se convierte para vosotros en sepulcro y madre ” (n. 20, Mistagógica 2, 4-6: PG 33, 1079 – 1082). El renacimiento del hombre nuevo requiere que se convierta en polvo el hombre corrompido por el pecado. Efectivamente, las imágenes de la tumba y del seno referidas a la pila, son  muy eficaces para expresar la grandiosidad de lo que sucede a través de los sencillos gestos del Bautismo. Me gusta citar la inscripción que se encuentra en el antiguo Baptisterio romano de Letrán, donde se lee, en latín, esta frase atribuida a Sixto III: “La Iglesia Madre da a luz virginalmente mediante el agua a los hijos que concibe por el soplo de Dios. Cuántos habéis renacido de esta fuente, esperad el reino de los cielos”. [1] Es bello: la Iglesia que nos da a luz, la Iglesia que es seno, es madre nuestra por medio del Bautismo.

Si nuestros padres nos generaron a la vida terrena, la Iglesia nos ha regenerado a la vida eterna en el Bautismo. Nos hemos convertido en hijos en su Hijo Jesús (véase Rom 8:15, Gal 4: 5-7). También sobre cada uno de nosotros, renacidos del agua y del Espíritu Santo, nuestro Padre Celestial hace resonar con amor infinito su voz que dice: “Tú eres mi hijo amado” (Mt. 3,17). Esta voz paternal, imperceptible para el oído pero bien audible desde el corazón de aquellos que creen, nos acompaña a lo largo de la vida, sin abandonarnos nunca. Durante toda la vida el Padre nos dice: “Tú eres mi hijo, el amado; tu eres mi hija, la amada”. Dios nos ama tanto, como un Padre y no nos deja solos. Esto desde el momento del Bautismo. ¡Renacidos hijos de Dios, lo somos por siempre! El bautismo no se repite, porque imprime un sello espiritual indeleble: “Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación ” (CIC, 1272). ¡El sello del Bautismo no se borra nunca! “Padre, pero si una persona se vuelve un malhechor, de los más famosos, de esos que matan a la gente, que hace injusticias, ¿el sello se borra?”. No. Para vergüenza suya, hace estas cosas ese hombre que es hijo de Dios; pero el sello no se borra. Y sigue siendo hijo de Dios, que va contra Dios pero Dios no reniega nunca a sus hijos. ¿Habéis entendido esto último? Dios no reniega nunca a sus hijos. ¿Lo repetimos todos juntos? “Dios no reniega nunca a sus hijos”. Más fuerte, que o yo soy sordo o no lo he entendido: (lo repiten más fuerte). “Dios no reniega nunca a sus hijos”. Vale, así está bien.

Incorporados a Cristo a través del Bautismo, los bautizados son, pues, conformados a Él, “el primogénito de muchos hermanos” (Rom 8:29). Mediante la acción del Espíritu Santo, el Bautismo purifica, santifica, justifica, para formar en Cristo, de muchos, un solo cuerpo (1 Co 6:11, 12, 13). Lo expresa la unción crismal “que es un signo del sacerdocio real de los bautizados y de su agregación a la comunidad del pueblo de Dios” (Rito del bautismo de niños, Introducción, n. 18, 3). Por lo tanto, el sacerdote unge con el santo crisma la cabeza de todo bautizado, después de pronunciar estas palabras que explican el significado: “Dios mismo os consagra con el crisma de la salvación  con el Crisma de la salvación para que entréis a formar parte de su pueblo y seáis para siempre miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey. “(ibíd., 71).

Hermanos y hermanas, la vocación cristiana estriba en esto: vivir unidos a Cristo en la santa Iglesia, partícipes de la misma consagración para llevar a cabo la misma misión, en este mundo, dando frutos que duren para siempre. En efecto, inspirado por el único  Espíritu, todo el Pueblo de Dios participa de las funciones de Jesucristo, “Sacerdote, Rey  y Profeta”, y tiene las responsabilidades de misión y servicio que se derivan de ellas (cf. CCC, 783-786). ¿Qué significa participar en el sacerdocio real y profético de Cristo? Significa hacer de sí mismo una oferta agradable a Dios (cf. Rm 12,1), dando testimonio a través de una vida de fe y de caridad (cf. Lumen Gentium, 12), poniéndola al servicio de los demás, siguiendo el ejemplo del Señor Jesús (ver Mt 20: 25-28; Jn 13: 13-17). Gracias.